Un orden compositivo del mejor rango renacentista, con esa armonía geométrica que fue base para el barroco, por ejemplo, preside la obra de Roales-Nieto, pese a la aparente evanescencia de algunas figuras que emergen de brumas o de ambientes irreales, o de otras que se contraponen en rotundidad dibujística a las que sólo se dejan entrever.

Elena Flórez Albert
Crítica de arte
1981

Leopoldo Roaless-Nieto se muestra como pintor fundamentado en el orden de las estructuras y gradaciones cromáticas. Sin embargo, vemos que eso es base y no fin. Roaless al paso del tiempo evoluciona fiel a sus principios nada equívocos. Evoluciona hacia una mayor interpretación.

Francisco Prados de la Plaza
Periodista y crítico de arte
1982

Roaless posee una enorme facilidad de lo difícil, de lo escasamente dado. Es la suya una pintura gratificante, fresca, espontánea pero cuidada, seriamente asumida y en esta ocasión – sabemos que como en la siguiente – progresivamente depurada y esencial.

Felicidad Sánchez Pacheco
Arteguía
1984

La pintura de Leopoldo Roaless-Nieto tiene una característica muy acusada: la espontaneidad, esa difícil cualidad que no puede aprenderse, y que, en definitiva, es uno de los signos más definitorio de esa actividad tan sugestiva y misteriosa que denominamos Arte.

Pero esa espontaneidad en la factura, en el toque ligero y preciso no significa descuido o improvisación, pues este pintor, que domina su oficio y gusta de ensayar diversas técnicas en sus obras, así como se interesa por las más variadas temáticas y formas de lenguaje plástico, desde la figuración estilizada a la abstracción “informalista”, demuestra siempre un sentido del rigor que equilibra sus composiciones con sobriedad y lirismo.

Leopoldo Roales es un pintor versátil, que en su obra refleja sus inquietudes y obsesiones, estados de ánimo que pueden ir desde sensaciones angustiosas, como en esas cabezas alucinadas, de seres despojados incluso de su condición de humanos, prisioneros sin esperanza de un después menos lacerante, hasta la delicada figura femenina resuelta como un arabesco de formas evanescentes que flotan entre gamas suaves, malvas, anaranjadas o turquesas.

Pues el color es para Roales elemento esencial de su pintura, junto a es pincelada leve y llena de intención gestual que ya he señalado.

En casi todos sus cuadros, el color es de tonalidades cálidas, pero no duras, salvo en algún motivo de intención más expresionista que requiere unos contrastes más acusados.

Personajes de la “Comedia del Arte”, envueltos en una atmósfera irreal y distante; toreros de otro tiempo, posando para un daguerrotipo, después de la dura brega de entonces; paisajes de olivares que, al cambiar la posición del cuadro, se convierten en un busto de muchacha adornada con madroños, en una ensoñación de primavera, …

Y hay que señalar en el quehacer de Leopoldo Roales-Nieto sus composiciones abstractas (algunas de gran formato), en las que el color tiene primordial importancia, sobre unos esquemas gráficos apenas insinuados entre el refinado cromatismo apenas contrastados.

Otra faceta de este pintor lo constituyen sus “collages”, algunos de ellos verdadero altorrelieve, de intencionalidad frutal o erótica. Son incorporaciones de materiales diversos, que sugieren acaso las estructuras de una catedral gótica, o el juego de las velas con el viento, o también, como digo, cuerpos truncados, formas del deseo.

No hay contradicción en esta obra de tan variadas facetas y búsquedas, sino el propósito, en general logrado, de servirse de la pintura (y de otros procedimientos que son en realidad esculto-pintura) para desarrollar una actividad indagatoria o lúdica (aspecto este más frecuente en las realizaciones de Leopoldo Roales), lo que obviamente es consustancial al Arte.

Manuel Conde
Miembro fundador de la Asociación Española de Críticos de Arte
1987

En la distendida y grata parsimonia con que convive en el Mediterráneo alicantino, Roaless nos muestra una selección, casi antológica de su última obra.

Entorne el espectador los ojos, prescindiendo de lo que reconozca y solácese con la luz y el color en carne viva, la pincelada explosiva y mirada acuciante, el radical destructor que trabaja con los escombros de la civilización que nos envilece tanto como nos gratifica, con la soleada anunciación de interiorizados desenfadados del artista.

Nacido a la pintura cuando el informarlismo parecía la única estética, respetable, pese al academicismo que comenzaba a anquilosarlo, nuestro pintor, instintivamente expresionista, empeñará su destino no en la consecución de un cálido y, en ocasiones, alucinado friso de carnalidades, obsesiones y desatamientos de muy libre y barroca compostura.

Bien que en su obra prevalece el “orden compositivo del mejor rango renacentista” que advirtiera Elena Flórez al enjuiciar sus primeros trabajos, esa rigurosidad formal será vulnerada, en su desarrollo posterior, mediante sutiles dislocamientos de la racionalidad, de vez en vez aromados de surrealidad, abstracción y figurativismo, que conllevan al cromatismo vivo y expectante, a veces transgresor, sobre una armazón dibujística muy espontánea de trazo y poco convencional. Sus variaciones sobre figuras arquetípicas de Goya y Velázquez, de tan fecunda y valiosa tradición (bástese recordar la que presentan dos muy distintos pintores: Picasso y Francis Bacon) vienen a testificar en su favor y a armar la solidez de la propuesta.

Antonio Leyva
Asociación Española de Críticos de Arte
Mayo 2006

Como copla de tango doliente, entre melodía de bandoneón y bisbico lunfardo. Baste sin embargo decir que “veinte años no son nada”, porque se nos han pasado en un suspiro. Parece ayer, cuando Leopoldo Roaless se atrevía con una aventura povera como sus aerolitos que fueron a parar al Museo de Bellas Artes de Murcia en 1985 o en sus lienzos pululaban mil personajes manchegos haciéndose sitio a toque de dulzaina y paso de fiesta, frente a otros más amables temas figurativos de su entorno. Las multiseculares Meninas velazqueñas llenaban los cuadros de hace unos años y corrían ante nuestros asombrados ojos con la vitalidad de niñas de carne y hueso. Adoptaban mil formas, sonrisas, carantoñas, y se diluían en una sombra hecha de brochazos recios y unos volúmenes tangibles.

Hoy como ayer, lo moruno apuntaba siempre en los cuadros de Roaless con una insistencia metódica que dejaba ver unas arquitecturas, quizás fijadas para siempre en su retina y que tanto tenían que ver con sus paisajes manchegos familiares y con aquel recuerdo de puerta de Toledo. Y junto a ello, la luz y el color retomaban el poder y la fuerza que convertía a los edificios y las personas en un destello luminoso y cromático.

Una nueva preocupación que aparece ahora en sus cuadros levantinos y donde reinan y se enseñorean del lienzo las luces y colores del Mediterráneo. Hay como un camino que lleva desde las tierras manchegas, repletas de sienas y tierras o verdes oliváceos y donde la línea aún marca límites al personaje y su relación con el paisaje, hasta su descubrimiento levantino de los últimos años, cuajado de colorido y vitalidad.

Pero no todo es el tránsito en el dibujo o el color de Roaless, porque siempre fue el inquieto artista que buscó nuevos soportes y materiales diferentes para su expresión plástica y en algunos casos poética. Si primero fueron cartones, lienzos reciclados y paneles de mil variantes de madera, trabajados tras una concienzuda preparación múltiple, luego fueron las telas, los cartones ondulados, los materiales de desecho y todo cuanto tradujera formas, texturas o símbolos.

Por un momento, creímos que se detendría en la pintura sobre seda y que sus pañuelos, chales o lienzos de diferente trama iban a capturarle en sus redes y acotar sus pasos. Pero, cuál no fue nuestra sorpresa cuando al pronto se reveló como fresquista de temas taurinos, llenos de vitalidad y acción. Imagino que nadie olvidará en aquel pequeño pueblo, limítrofe entre Andalucía y la Mancha que alguien se volcó en una aventura de ensoñación para crear un espacio de colores y sensaciones táctiles.

Y cuando nos las prometíamos felices y de nuevo los labriegos, las meninas y las mujeres más bellas poblaban sus cuadros y en sus dibujos alternaban la poesía y el mensaje que traspasaban los límites artísticos y llegaban al diseño y a lo comercial: camisetas, ropa, telas, … su cuerpo vino a hacerle un guiño doloroso y grave. Un aviso sin tiempo y sin pausa, pero Roaless no desaprovechó el momento y cuando salió del nivel de riesgo se lanzó a una aventura multicolor americana. Aves, animales y mujeres aún más bellas aparecieron en su obra y se marchó a tierras colombianas y volvió con sus ojos cargados de un nuevo color y de otro cielo.

Y así hasta el momento. Un levantarse y correr. Un nuevo proyecto y una nueva vida. Rompiendo mil veces con lo anterior y con las ideas y formas que le pretendían encorsetar. No sé dónde, ni cuándo será su siguiente latido. Como tampoco adivino si su obra volverá a oscilar entre realismos, figurativismos e hiperrealismos. Lo que sí tengo claro es que Leopoldo Roaless seguirá buscando caminos y dándoles unas pinceladas que siempre quedarán fijadas en nuestras retinas, más de lo que pensamos.

Y por ello, ni veinte, ni treinta años son, ni serán nada. Ni quizás cuarenta, que pronto cumpliremos de vieja amistad.

Dr. Pedro J. Lavado Paradinas
Conservador de Museos (Museo Sorolla)
Profesor de Historia del Arte (UNED Madrid)
Febrero 2007

La pintura de Leopoldo Roaless puede agradar o no. Eso depende de la sensibilidad de quien la contemple. Pero de lo que no se puede dudar es de que está perfectamente elaborada y que refleja, inequívocamente, el mensaje del momento en que fue creada.

Para muchos -y quiero imaginar que para bastantes más de los que él mismo cree- contemplar su obra, en sus distintos matices y su acusada personalidad, es una auténtica y deliciosa recreación.

Resumiendo, Roaless, dispone -y en dosis inagotables- de: Técnica (amasada a través del intenso y continuo aprendizaje, estudio e investigación del dibujo y el color); Seguridad (su trazo es firme hasta el punto que domina pincel y espátula); Capacidad (es notoria su suficiencia ara caminar con paso firme entre cualquier tendencia) y, sobre todo, Vocación (que va unida a su elevado nivel de creatividad, porque su intelecto le permite desarrollar cualquier idea, por insignificante que pueda parecer, que tenga cariz de sugerencia artística).

Por esta y otras características, sería imperdonable pasar de largo ante un cuadro de Roaless.

Alfredo Aracil
Periodista, Escritor; Crítico de Arte
Septiembre 2008

Leopoldo Roaless siente la pintura como experimento de sensaciones intelectuales en lo creativo, emocionales y sensualistas en el pulso de pintar.

Cada uno de sus cuadros se basa en la construcción pictórica que busca la expresión y la plasticidad repleta de múltiples significados, de ahí sus ensoñaciones, visiones oníricas, símbolos y miradas, una -narrativa poética- que nos atrapa, como si el tiempo se detuviera en ese preciso instante, haciéndonos partícipes de una emoción, un asombro, un sentimiento de ternura, un mero deleite plástico, mayormente referido a la figura humana.

Influenciado por la luz del Mediterráneo, navega por un mar de rojos y azules intensos, -la pasión por el color- presente en sus trabajos más recientes. Ha creado un mundo pictórico ebrio de fuerza y sentimiento, un propio lenguaje de formas y color, que aún bebiendo de otras fuentes más clásicas, adopta en cada una de sus obras una expresión suficientemente personal y plenamente diferenciada.

El amigo Roaless es un inconformista nato, tiene dominio del oficio, la sensibilidad transfiguradora del artista, la preocupación del hombre de su tiempo y lo más esencial, su libertad creadora que le permitirá ampliar nuevos caminos para lograr conseguir los mejores resultados, y que una vez más quedemos gratamente sorprendidos.

Con todo afecto y admiración.

Javier Sarrió
Pintor
Septiembre 2011

Uno no elige a quien admira igual que no elige de quién se enamora. Y Leo Roaless se ha ganado el respeto y la admiración de los amantes del arte por su mirada subyugante sobre la realidad y su lúcida y honesta trayectoria como pintor.

Realista como es, pero hostil a la anécdota, el motivo descubierto o imaginado (venido de fuera o de dentro, alumbrado en la claridad o arrancado a las sombras), proporciona al espectador la sensación de estar ante una realidad nueva y de más peso que una simple imagen. Una obra dotada de esa presencia que es proyección de su propia vida, sin artificios y con la legitimidad del arte mismo.

Retazos de rostros, apasionantes composiciones arquitectónicas, figuras femeninas y, sobre todo, la liturgia del color, forman parte de esta muestra-homenaje que tan justamente Blau Art dedica al maestro, con el triste desconcierto ante su irreparable pérdida.

Marina Iborra
Pintora
Abril 2012